
La Columna de los Recuerdos
por abuelito Dimetú
Dicen que todo tiempo pasado fue mejor, y yo miro mi Harley Davidson con mi muñeca réplica de Pamela Anderson y digo… pucha que vale la pena estar vivo…Cuando yo era pequeño, no había ni pastillas de inodoro, ni liquid paper, ni papel tissue mentolado, ni ninguna de esas cosas que hoy fascinan a los chicos. Nuestra familia era muy pobre y humilde, y nosotros nos entreteníamos con cualquier cosa. Con mi primo Serafín jugábamos carreras de alacranes, y usábamos al cobayo de mi hermana Lulú como carnada, porque sino, no corrían.
Mamá nos retaba y nos corría a rebencazos. Es que mamá era así, muy telúrica. Pero después un día descubrió que con las carreras de alacranes le limpiábamos todo el jardín de bichos, y nos alentaba diciendo: “vayan, chicos, que los chistes de este bicho ya me tienen patilluda”.
Y era así, a mamá le habían empezado a crecer patillas. En la escuela me cargaban y me decían: “Ahí va el hijo de Cornelio Saavedra”. Fue un bochorno. En los actos a los que asistían los padres, mi maestra no sabía a quién dirigirse, si a papá, o a mamá con sus patillas. De todas maneras, la conversación de mi maestra la Iné siempre terminaban en una exhortación para que paguemos la cooperadora, y en el mangueo encubierto de un cigarrillo para irse a fumar al patio.
Mis padres hicieron lo imposible para darme una educación privada. Privada de diversión, privada de sentido, privada de organización… En fin, era lo que había. En el barrio todos los muchachos íbamos al San Pulpo. Entrábamos a las 7.22 de la mañana y teníamos que ir de punta en fucsia, porque así era nuestro uniforme. A nosotros nos parecía muy normal, ya que desde que se había fundado el colegio, el uniforme reglamentario había sido siempre igual. Hasta que por un accidente con un radiador descubrimos que el padre Zuncho, el director del colegio, no era nada más ni nada menos que Esther Williams disfrazada. Fue un escándalo que se comentó por mucho tiempo en el barrio. Y nos fue cayendo la ficha de a poco. Ahí entendimos por qué no formábamos fila al entrar, sino figuras móviles como estrellas, rombos, hexadecaedros…
Inmediatamente, cambiaron al director, y pusieron a otro, un gordo pelado que le faltaba una mano, y tenía estrabismo. Pero los profesores siguieron siendo los mismos. Marisa, la de botánica, que disfrutaba plantando alumnos de cabeza en la huerta del colegio; o Pitito, el de álgebra, que se sulfuraba cuando alguien decía “Rapiflé”. Era algo que no toleraba. Le agarraba como un ataque, y empezaba a sesear. Lo íbamos tentando, empezábamos con “Remís”, “Combi”, y algún valiente, por lo general el flaco Malvavisco, saltaba con la palabra maestra. En esos trances perdimos a más de un compañero, era que Pitito no respondía de sí mismo cuando le agarraban esos ataques. Cuando egresamos, me enteré que ese mismo verano lo internaron en el Hospital Psiquiátrico Catupecumachu de Loma Rota. La última clase que dio, la dio desde el techo. Entró al aula caminando cabeza abajo, gritó “Aceite Marolio, mmmm que olio”, la cara se le transformó en la de Ruckauf, y empezó a pisar pollitos, mucho antes que ese pintado que sale en la tele.
Y hablando de tele, en nuestros tiempos eso ni se conocía. Ya éramos grandecitos cuando llegó al barrio el Cinematógrafo del Dr. Frescubo, y fue todo un evento...

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